Las Cosas De Altisidora

Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.

El temor constante 22/10/2009

Las cosas están mal: y sí, me refiero a la crisis. Cada vez aumenta más el número de parados, cada vez hay menos movimiento en el mercado laboral. Cada día todo es un poco peor. Yo tengo trabajo…por el momento, claro. La empresa en la que trabajo, una empresa a la que apenas le está afectando la crisis y así lo reconoce pública y abiertamente, a través de una entrevista concedida por el gerente al diario Expansión, ha decidido despedir a 20 personas. 20 personas de algo más de 250. Pero esto no lo ha dicho abiertamente, claro. Hay un secretismo, un oscurantismo en torno a todo lo que deciden las altas esferas, que lo único que logran es que la rumorología campe a sus anchas y todos estemos nerviosos, estresados, asqueados, agotados.

No llego a entender el por qué del oscurantismo. Si quieres despedir a gente, hazlo y acaba con nuestro sufrimiento. No nos obligues a hacer constantes cábalas acerca de quiénes pueden ser lo elegidos, quiénes tienen más o menos papeletas, por qué se despiden a unos y no a otros…y lo más importante: por qué todas esas personas que han demostrado muuuuuuuy poquito profesionalmente hablando, todos esos que son ejemplos perfectos del cumplimiento del genial Principio de Dilbert y de crear malestar, mal rollo, presiones, etc, no son despedidos.

En el último mes han despedido a tres compañeros por presuntos motivos ejemplares. Y de un día para otro. Hoy te despido y, por cierto, que mañana no vengas. Despido improcedente, te pago y sigo sembrando el caos, la desesperación y el desconcierto entre la plantilla. Si son improcedentes no pueden ser ejemplares, ¿o sí?. Y seguirán…sólo queda esperar, mientras ellos alargan la agonía de la mayoría de nosotros, nuestras esperanzas y sueños, las posibilidades de comprar un piso, hacer un viaje y, sobre todo, la posibilidad de no caer enfermos. Porque, al menos en mi caso, la presión constante a la que me siento sometida por el miedo a dar un pasito en falso y convertirme en otra víctima, en otro chivo expiatorio, me está mermando la salud: fortísimos dolores de estómago, insomnio, erupciones cutáneas, empeoramiento de las alergias, estrés y ansiedad, agotamiento físico y psicológico. Hay días, como por ejemplo hoy, que siento que mi cuerpo va a decir “Guapa, hasta aquí hemos llegado” y va a sufrir algún tipo de shock para que pare.

Curiosamente, el diario El País publica hoy una noticia muy interesante relacionada con France Telecom en la que un empleado reconoce lo siguiente: “vamos al trabajo como a la prisión”. Qué coincidencia: como una parte cada vez más numerosa de mis compañeros de trabajo, entre los que me incluyo. Nosotros no somos France Telecom, no tenemos una numerosísima plantilla repartida por todo el país, pero ni falta que nos hace, porque está claro que en todas partes cuecen habas y que todos los empresarios, grandes y pequeños (imagino que alguna excepción habrá, o eso espero, porque si no el Infierno va a estar llenito de tiburones con sociedades anónimas en la Tierra) son igual de desalmados. Sólo se preocupan del número y nunca jamás de las personas. Sólo importan sus beneficios, crecer y crecer, no perder, ganar siempre y a los empleados (sin los que, por cierto, no serían absolutamente nada) que les dén a todos.

En France Telecom se sienten como si fueran a prisión a diario, se sienten como máquinas, extensiones de sus propios ordenadores, y como a tales los tratan. Estos empleados saben que todo está condicionado al beneficio y mientras que les sirvas a sus intereses, genial, peor en cuanto puedan darte la patada, ten por seguro que lo harán. Y resuena la palabra reestructuración, que todo asalariado entiende como regulación de empleo, despidos sin ton ni son. Pero ellos venga a hablar de reestructuración. Quizás el problema no esté en la base, sino en la cúspide. Pero claro, sólo es mi opinión de desgraciada trabajadora por cuenta ajena.

En la compañía francesa los empleados se suicidan: si ya los franceses gozan de la tasa de suicidios más alta de la UE, desde luego France telecom no está ayudando a controlarla. Eso ya es el extremo. De momento, en mi empresa sólo hay personas con enfermedades que son claramente somatizaciones de la tensión de la situación (estómago, cabeza y similares) y algunas lágrimas, aparte del miedo a la cola del INEM tal y como están las cosas.

Ojalá me toque el Euromillón mañana y pueda mandarlo todo a tomarporculo.

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One Response to “El temor constante”

  1. ariovisto Says:

    Ese sueño me suena, jeje…
    Y encima date con un canto en los dientes de que a fin de mes te pasen la nómina. La verdad es que vivimos en una especie de ilusión de trabajador moderno totalmente falsa. No acierto a ver qué otro sistema podría ser mejor, pero a buen seguro, nuestros predecesores del siglo XXII se partirán el culo con nuestra mente medieval y rancia.

    Deberías prodigarte más en post de análisis como éste. Lo haces muy bien -como si fueras periodista, vamos – (soy un meticón, no lo puedo evitar), sin menospreciar tus aportes y sugerencias musicales, claro – o literarias como la de “ayer” de los premios Quevedo -.
    ¿Hace un zumito con tostada…? De naranja, por supuesto.
    Un beso.


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