Las Cosas De Altisidora

Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.

El día que me convertí en Lucy 08/02/2009

9-11 de febrero de 2008. Lugar: Amsterdam…la Venecia del Norte y…¿qué diablos? La Sodoma de Europa: donde la droga (blanda) es legal (más o menos) y la prostitución se exhibe en escaparates como una atracción turística más…rodeada de sex-shops.

Me fui de fin de semana con 2 amigas a ver tulipanes, holandeses, canales, bicicletas… Billetes baratísimos (Dios salve las Low Cost), un hotelazo en la Rembrandt Plein y tiempo magnífico, a pesar de la fecha y la fama lluviosa y gris que arrastra la ciudad. Pues a nosotras nos hizo un tiempo de muerte: cielo azul, ni gota de lluvia, el sol brillando a diestro y siniestro…y aunque algunos me hayan dicho que eso es producto de mi imaginación (post drogas) se equivocan: el viernes y la mayor parte del sábado lo pasé totalmente lúcida. O, al menos, eso creo…

Tengo que reconocer que la ciudad, a pesar de todo, no me gustó especialmente, aunque claro, nada es peor que Lisboa, por lo que Amsterdam siempre estará por encima de la capital portuguesa en mis preferencias. Pero bueno: tienen el Museo Van Gogh y el RijksMuseum, la casa de Ana frank (menudo fraude…10 pavos para que lo único interesante termine siendo el Oscar de Shelley Winters), el encanto del tranvía, los canales y la peña en bicicleta, el Mercado de las Flores (impresionante lo bien que huele), un monumento a las putas (curioso que esté junto a una iglesia…)…y ¿he mencionado las drogas?

En Amsterdam, a la tierna edad de 29 años, tuve mi primera experiencia con la droga. Las tres mozas, después de visitar el Barrio Rojo y uno de cada tres sex-shops que vimos en el camino, nos metimos en un Coffee-Shop cercano al hotel de curioso nombre: “Andalucía”, que estaba regentado por el hermano neerlandés de King África (lo juro) que, rápidamente, nos explicó que te puedes traer nosécuántos gramos de hachís/maría a España sin que te entrullen por ser la cantidad máxima permitida para consumo personal.

Pues nada…vamos a pedirnos unos pastelitos espaciales, ¿no? que no son más que brownies de marijuana: dos para tres…una burrada y, encima, respirando humo de porro a diestro y siniestro porque aquello era un fumadero en toda regla. Curioso sitio el Coffee-Shop: hachís de media África sahariana, maría jamaicana, setas alucinógenas (a lo Bridget Jones…¡y que la pipol se toma en infusiones! qué asco, por Dios)…pero ¿alcohol?: No, no, Dios santo…aquí no vendemos de eso. ¡Nos han jodido los holandeses! Y no es que a mí aquello me supusiera un problema, dado que no bebo alcohol, pero sí que me dio la sensación de ser un pelín hipócrita: tienes un fumadero de hierba que vendes como si fueran aspirinas, pero una cerveza…ni de coña.

Dos brownies de maría, tres tías, la humareda…¿resultado?: la primera experiencia psicotrópica de mi vida. Y es que quien diga que la maría no es alucinógena es, obviamente, porque no la ha comido jamás.

Al principio te dices: “menudo cuento chino…pero si no siento nada”. Ya, claro…pero cuando tardas media hora en darte cuenta de que estás en un bar de lesbianas pidiendo Coca-Cola con azúcar (según la recepcionista del Hotel, para rebajar el efecto psicotrópico del dichoso pastelito) y al caer en la cuenta te pones a llorar de la risa…pues como que sabes que muy normal no es que estés.

Lo peor fueron las paranoias que iban y venían por momentos, mezclándose con las carcajadas absurdas y sin motivo…¡ah! bueno…y pedirle a tu cerebro que, por favor, se callase un rato porque pensaba demasiado rápido para seguirle el ritmo…Y eso sin mencionar que me pasé como una hora buscándome el tatuaje…y me explico: siempre he dicho que, dada mi aprensión a las agujas, sólo me haría un tatuaje borracha o drogada. Claro, esa idea vive en mi subconsciente y, en medio del colocón, todo mi afán giraba en torno a ver dónde me había hecho el puñetero tatuaje…gracias al Cielo, no me lo hice.

Pero bueno, al final duermes el colocón, te despiertas como si te hubiera pasado un tranvía por encima seis veces, te hartas de comer (creo que jamás, en todos los días de mi vida, había comido tanto…y es que la pasión por la comida no forma parte de mi existencia diaria), apenas puedes abrir los ojillos…y empiezas a reconstruir lo que pasó el día antes desde el pastel hasta la cama.

Y así fue cómo me convertí en Lucy (in the Sky with Diamonds incluido…).

PD:  Tal día como hoy, hace un año, comenzó esta maravillosa aventura holandesa que forma parte de mis recuerdos viajeros divertidos.

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