Las Cosas De Altisidora

Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.

¡Oh, Roma! 08/02/2009

Filed under: Viajes — altisidora @ 18:53

( publicado el 12 de octubre de 2008 )

Ya he vuelto de Roma, la Ciudad Eterna, única en el mundo por diezmil razones diferentes: hay que visitarla para entender, en su justa medida, de lo que hablo. No hay palabras que expresen la emoción de estar en una ciudad como Roma, donde se mezclan edificaciones de más de dos mil años (”Cuando caiga el Coliseo caerá Roma. Cuando caiga Roma, caerá el mundo”) con la modernidad propia de una capital europea (sin ir más lejos, anoche se celebró un macro-concierto organizado por la MTV donde actuaron The Cure y John Legend) y que es, sin duda alguna, la cuna de la civilización occidental.

Ésta era la tercera vez que visitaba la ciudad: la primera vez tenía unos 16 años y no me gustó. Estaba enfadada con el mundo (qué raro en mi…) y, obviamente, mi estado de ánimo influyó en mi percepción de lo que se extendía ante mis ojos y nubló mi entendimiento. Doce años después, durante un maravilloso viaje con 3 amigas por la Toscana, decidimos escaparnos de los campos de vides y hacer una visita relámpago a la “Capital del Imperio”. Entonces todo fue distinto: pasear por sus calles y plazas fue una sensación única, a pesar del calor y, desde ese momento, sólo soñaba con volver.

Y volví. Llevaba desde marzo o abril queriendo escaparme a Roma y al final ocurrió: 3 amigas, 6 días de octubre y toda la ciudad para nosotras. Apenas ha quedado un rincón de Roma de los que salen en las guías que no haya visitado. Y jamás había entrado en tantas iglesias: espero que Dios me haya perdonado porque subir la “Scala Santa”, visitar cada templo con el que me he cruzado por el camino y cada uno de los 551 escalones que separan a un ser humano del Cielo de Roma desde la Cúpula de San Pedro, bien merece una indulgencia, ¿no?. Aunque sea pequeñita…

Ver de nuevo la Fontana di Trevi (mi monumento preferido en el planeta), sentarme y reir como una niña en la escalinata de la Piazza de Spagna, como si fuera una Audrey Hepburn del siglo XXI, aunque sin Gregory Peck al lado (aunque sí con guapísimos, y altísimos, alemanes), comer helados y pizza, la mezcla de idiomas, cada piedra, cada iglesia, cada ruina, los capuccinos de Antonio, esos extraños viajes en metro…una ciudad increiblemente maravillosa, aunque Italia y sus gentes son caóticos y despreocupados.

Todo eso me hizo echarme a llorar ayer por la tarde, cuando, tras pasar un rato en esa escalinata española que congrega a cada turista que se deja caer por esta ciudad, tomábamos la decisión de volver a nuestro apartamento frente a la Iglesia de la Sta Croce, para preparar las maletas de vuelta a Sevilla. ¿por qué lloré? Supongo que porque, en ese instante, era inmensamente feliz: me había reconciliado definitivamente con Roma y, claro, luego pensé “Quizás no vuelva más o, como mínimo, no lo haré en mucho tiempo”: al fin y al cabo, éste es el tercer año seguido que voy a Italia, y en algún momento tendré que cambiar de destino turístico.

Por eso tengo grabada a fuego cada imagen de este viaje, todo lo que he visto y vivido, lo que sentí y respiré, porque no sé cuánto tiempo pasará antes de poder volver a caminar por sus calles empedradas, cuándo volveré a lanzar tres monedas a la Fontana deseando regresar. Espero que muy pronto y que lo disfrute tanto como en este ocasión.

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