Hace algo más de un mes participé en un concurso de cartas de amor y desamor. No gané. Alguien supo expresar sus sentimientos mejor que yo. ¿Qué se le va a hacer?. De cualquier forma, estoy orgullosa de ella. Porque fue sincera. No pensaba mostrarla jamás a nadie, peor he pensado que, a través del Blog, alimentaré un poco mi ego de escritora, así que, allá va:
Esto es, simplemente, una carta de despedida, ni más ni menos, sin trampa ni cartón; y, a la vez, lo es de amor y de desamor, de sentimientos que se escapan, de recuerdos que se ensucian porque así todo es más fácil de olvidar, de odios por no poder dejar de quererte, de desprecios que se clavan como puñales en el corazón, haciendo la herida más profunda, más abierta, más terrible. De perdones imposibles, de culpas quizás infundadas, de sufrimiento y dolor, de melancolías, desdichas, contrariedades, añoranzas, tristezas infinitas, de lágrimas eternas de soledad, pérdida y desesperación por tu ausencia y mis reclamos.
Y, como consecuencia a todo eso, sólo me quedó fingir: fingir que estoy bien, que nada importa, que todo pasa y se olvida, incluso que nos comportemos como dos extraños que vivieron una vez un fugaz momento de felicidad también fingida, probablemente sostenido sobre una bonita mentira que ambos nos empeñamos en alimentar.
Pero yo sí que te quise, eso nunca fue mentira, aunque quizás no fue amor de la mejor forma posible, porque no importa que te quieran más que a nadie, ya que lo cuenta al final es que te quieran de verdad, de una forma especial y única, sin preguntas, sin peros, sin problemas. Y yo no te quise más que nadie, pero nadie te querrá jamás como lo hice yo: bien o mal, fui única. Aunque nuestra relación y situación demuestra que, a veces, no es suficiente con quererse y, probablemente, eso fue lo que nos pasó.
Sólo quiero que sepas que mi corazón se paró una tarde lluviosa de un mes de abril ya lejano, durante la que se agolparon los recuerdos de universos infinitos que, simplemente, frenaban en seco cuando estábamos juntos, de besos bajo la lluvia o en algún rincón oscuro en cualquier parte de la ciudad, de risas y sonrisas cómplices y compartidas durante semanas, de vanos intentos por parar el tiempo para poder estar 10 minutos más a tu lado, de tus susurros de amor en mi oído, de latidos a la par y caricias furtivas, de miradas, escalofríos que recorren mi espalda, conversaciones eternas y mi corazón dando vuelcos con cada “te quiero”.
Y se paró, si remedio. Aún hoy le cuesta volver a la vida sin tu ayuda porque sigo limitándome a sobrevivir sin ti y tus cosas. A pesar de todo y de todos. Aunque sé que estoy equivocada. Aunque siga deseando, a casa paso, volver a abrazarte una última vez para aliviar parte de mi dolor, que se quedó entrelazado a tí aquel día de primavera. Y es por eso que ésta es la carta de despedida, del adiós que nunca tuve la oportunidad de decirte. Porque necesito despedirme para zanjar asuntos pendientes y lograr que mi corazón vuelva a latir normalmente y sin tu ayuda.
También quiero que sepas que entraste en mi vida, poco a poco, casi sin darme cuenta, hasta que un día dejé de mirarte y empecé a verte. Y lo mejor fue descubrir que tú también me veías. A pesar de lo mucho que nos costó hacérselo entender al otro. Imagino que cada uno tuvo sus razones. Las mías fueron que estaba asustada porque no sabía qué sentías y era incapaz de ser más abierta, más sincera. Y ahora sólo queda la herida, aunque nunca pensé que tú fueras quien rompiese mi corazón en mil pedacitos y que en cada uno de ellos se guardase para siempre una parte de ti. Y necesito arrancarte de mi corazón, aunque tenga que ser poquito a poco también, pero de una vez por todas y para siempre. Espero que lo entiendas, lo respetes y, al final, lo compartas…
Por eso ésta es mi despedida, porque, desde ahora, arranco las páginas del calendario para olvidarte y no para recordarte…